Caperucita, vista por el lobo




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Casi lo consigo. Maldición. Yo tengo la culpa. Yo, y solamente yo. Bien merecido lo tengo. Por tonto. Cien veces tonto. No, eso es muy poco: mil veces tonto. Porque, a ver: quién me mandaría a mí ponerme a jugar como si fuera un niño tonto.

Hace ya tiempo que tenía localizada la cabaña de la abuela. Pero no me gusta la carne de las viejas, está poco jugosa. En realidad, la tenía clasificada como material sustitutivo. Vamos, que si un día me quedaba sin bocado, ya sabía dónde había algo pasable.

El caso es que ya había yo observado que Caperucita y su madre pasaban muchas veces por mi territorio. Porque este territorio es el territorio del lobo feroz. Y el lobo feroz soy yo. Y ahora, ¿qué les cuento yo a mis hijos? Les diré: "Ya veis, lobeznos míos, la culpa fue mía. Y para que aprendáis la lección, os voy a contar por qué: porque quise mostrarme blando. Y los lobos han de ser feroces. De lo contrario, les pasa lo que a mí".

Me dirán: "¿Qué fue lo que ocurrió? Cuenta, cuenta."

Yo les contestaré: "Veréis, estaba ya punto de comérmela, cuando salió no sé de dónde un cazador del que siempre estoy huyendo. Me tiene manía, porque ya le he causado algunos problemillas. De modo que la tenía tomada conmigo. Pero mi error fue no ir al grano. Quise divertirme, y con las cosas de comer no se juega. Y esto se me olvidó".

Ya me parece oír a mi lobito mayor: "¿Por qué dice eso, papi?" Así me llama el muy tunante, papi. Y yo se lo tolero. A lo mejor es que no soy tan feroz como debo. Y así me van las cosas.

Porque me había disfrazado de abuela para engañar a Caperucita. Reconozco que fue una estupidez, indigna de mi ferocidad. Pero quise divertirme, y ese fue mi gran error. No crea nadie que iba mal encaminado del todo, porque ya la tenía yo en el bote. ¡Qué risa! Llega, me ve y me dice: "Abuela, qué ojos más grandes tienes". Yo le seguí el juego: "Son para verte mejor". Ella: "Abuela, qué orejas más largas tienes". Y yo: "Son para oírte mejor". Y así todo el rato, hasta que me ve los dientes y yo le digo: "Son para comerte mejor". Qué cara de susto que puso. Creo que hasta ese momento no estaba muy segura de que fuera yo. Da igual, comencé a perseguirla por toda la habitación. Qué divertido, con todas las cosas por el suelo. Parecíamos todo un huracán, devastándolo todo.

Y claro, os preguntaréis: "¿Es que corría más que tú? ¿Cómo es que no la alcanzaste de inmediato? Hasta tu lobito más pequeño la habría alcanzado en menos de dos segundos".

Lo que pasa es que yo llevaba puesto un largo y horrible camisón. Ya digo que me quería divertir y me hice pasar por la abuela. Sin una ropa humana, ¿cómo iba a pasar por la abuela? Es que es lógico.

Ahora que lo pienso, lógico sí que es, pero lo que es menos lógico es que yo no haya usado la cabeza, seguro. Yo ya sabía que Caperucita estaba advertida de que no debía hablar conmigo. Pero ella también es una enamorada de los juegos, de modo que aproveché la situación. Cuando me la encontré en el bosque, le dije: "¡Qué guapa estás hoy, Caperucita! ¿No te gustaría jugar conmigo?" Y ella me dijo que sí. Yo le propuse hacer una carrera. Hasta la convencí de que cogiera el camino más largo. Claro que le hice creer que era el más corto, porque astucia no me falta. Y ella se lo tragó. Tragármela, eso es lo que tenía yo que haber hecho, en vez de andar jugando. Era una oportunidad de oro. Todo estaba a mi favor: una madre poco responsable que manda a su hija pequeña a una misión peligrosa, una niña juguetona y confiada, muy fácil de engañar, un camino solitario en medio de mi propiedad. Pero como soy muy tonto, quise añadirle emoción al asunto y casi muero en el intento.

Desde luego, la próxima vez no espero. Soy un mal ejemplo para mis lobeznos. Tengo que educarlos en la ferocidad. La próxima vez que alguien cuente esta historia, ya verá cómo Caperucita termina en mi panza. Con las cosas de comer no se juega.